Y pruebe de ello es esta nueva publicación de la que hablaremos precisamente del Rey Midas, y no del señor Vucetich, sino del mito griego que hay acerca de este rey.
Midas era un rey que gobernaba el país de Frigia, en Asia Menor (hoy Turquía). Vivía en un hermoso castillo rodeado de grandes jardines y bellísimas rosas. Era poseedor de todo tipo de objetos lujosos. Compartía su vida de abundancia y riqueza en compañia de su hermosa hija llamada Zoe.
Pero cierto día (que marcaría la antesala de la desgracia del Rey Midas), el dios de la celebración Dionisio y su ejercito pasaban por las tierras de Frigia, y acompañado por su amigo sátiro y borrachín Sileno. Éste ultimo quien sabe como fue a dar (puesto que estaba completamente ebrio) en los jardines de rosas del palacio del rey Midas.
Midas al descubrirlo dentro de sus rosales, en vez de matarlo por haberse metido sin permiso a su jardín, decidió darle hospedaje en su palacio ya que Sileno supo maravillar al rey con sus grandes historias sobre un inmenso continente ubicado al otro lado del Atlántico en el que abundaban las ciudades magníficas, pobladas por habitantes gigantes, felices y de larga vida y que gozaban de un notable sistema legal.
Estas fábulas encantaron a Midas y luego éste ordenó a un guía para que le escoltara a él y a Sileno hasta el cuartel general de Dionisio.
El dios, que había estado preocupado por la suerte de Sileno, preguntó a Midas cómo deseaba que se le recompensase. Y el Rey Midas contesto sin vacilar:
- Te ruego me concedas que todo lo que toque se convierta en oro.
Dionisio frunció el entrecejo y le dijo: “Seguro que deseas eso?”. A lo que Midas respondió: “Seguro, el oro me hace tan feliz!”. Finalmente, Dionisio contesta reacio: “Muy bien, a partir de mañana todo lo que toques se transformará en oro”.
A la mañana siguiente, el rey Midas se despertó entusiasmado para comprobar si su deseo se había vuelto realidad. Extendió los brazos tocando una mesita que de inmediato se transformó en oro. Corrió por todo su palacio tocando todos los objetos que tenia a su paso, Midas estaba muy feliz.
Todo estaba tan bien hasta que llego la hora de desayunar. sus sirvientes le sirvieron un exquisito y muy variado banquete. Se sentó a desayunar y tomó una rosa entre sus manos para respirar su fragancia. Pero… al tocarla se había convertido en un frío metal. “Tendré que absorber el perfume sin tocarlas, supongo”, pensó desilusionado. Sin reflexionar, se le ocurrió comer un granito de uva, pero casi se quebró una muela por morder la pelotita de oro que cayó en su boca. Con mucho cuidado quiso comer un pedacito de pan, sin embargo estaba tan duro lo que antes había sido blandito y delicioso! Un traguito de vino, quizás… pero al llevar el vaso a la boca se ahogó tragando el oro líquido!
De repente, toda su alegría se transformó en miedo. Justo en ese momento, su querida gatita saltó para sentarse con él, pero al querer acariciarla, quedó como una estatua dura y fría. Midas se puso a llorar: “Sentiré solamente cosas frías el resto de mi vida?”, gritaba entre lágrimas. Al sentir el llanto de su padre, Zoe se apresuró para reconfortarlo. Midas quiso detenerla pero al instante una estatua de oro había quedado a su lado. El rey lloraba desconsoladamente.

Finalmente levantó los brazos y suplicó a Dionisio: “Oh, Dionisio, no quiero el oro! Ya tenía todo lo que quería! Solo quiero abrazar a mi hija, sentirla reír, tocar y sentir el perfume de mis rosas, acariciar a mi gata y compartir la comida con mis seres queridos! Por favor, quítame esta maldición dorada!” El amable dios Dionisio le susurró al corazón: “Puedes deshacer el toque de oro y devolverle la vida a las estatuas, pero te costará todo el oro de tu reino” y Midas exclamó: “Lo que sea! Quiero a la vida no al oro!” Dionisio entonces le recomendó: “Busca la fuente del río Páctulo y lava tus manos. Este agua y el cambio en tu corazón devolverán la vida a las cosas que con tu codicia transformaste en oro”. Midas corrió al río y se lavó las manos en la fuente, agradecido por esta oportunidad. Se asombró al ver el oro que fluía de sus manos para depositarse en la arena del fondo de la fuente. Rápidamente, llevó una jarra de agua para volcar sobre Zoe y rociar a la gata. Al instante, sonaba en el silencio la risa y la voz musical de Zoe y el ronroneo de la gata. Muy contento y agradecido salió Midas con su hija para buscar más agua del río Páctulo y así poder rociar rápidamente todo lo que brillaba de oro en el palacio.
Gran alegría le proporcionó a Midas el observar que la vitalidad había retornado a su jardín y a su corazón. Aprendió a amar el brillo de la vida en lugar del lustre del oro. Esto lo celebró regalando todas sus posesiones y se fue a vivir al bosque junto con su hija en una cabaña. A partir de lo ocurrido, jamás dejó de disfrutar de la auténtica y verdadera felicidad.
Con esta bella imagen caricaturizada del rey Midas me despido.
Sin duda esta historia nos deja mucho para reflexionar, y mas por los tiempos en los que se viven ahora. En donde el dinero y el poder son lo mas importante para poder vivir con felicidad. Lo cual es algo completamente erróneo.
También esta leyenda es un mito clásico sobre la tragedia inevitable cuando la verdadera felicidad no se es reconocida.
La vieja historia del rey Midas,(la codicia que lo dominaba), es aleccionadora y nos invita a pensar, reflexionar y darnos cuenta de las consecuencias que podemos atraernos siendo esclavos de nuestros propios deseos. Por suerte, el rey Midas reconoció su error a tiempo y pudo revertir semejante situación.
En tiempos actuales, ese oro de la leyenda, se halla sustituído por el afán desmedido de poseer dinero, excesos de bienes, riquezas, comodidades, lujos, apariencias, poder, etc. En definitiva: MATERIALISMO.
Acepto dudas, comentarios y sugerencias de éste y para futuros temas a tratar en el blog.
Espero y les haya gustado la forma en como fue desarrollada esta historia.
HASTA LA PROXIMA !!!!!!!!!!!
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